El brebaje.-
- …y lo pones a ésta distancia para que no hierva muy fuerte- dijo Gäuk. Sabía bien lo que hacía, aunque no siempre era tan explícito en sus consejos y a veces costaba de entenderle. -Luego cuentas 300 latidos y lo retiras del fuego.- Se empeñaba en contar siempre con los latidos del corazón, y no con los relojes de agua de los que disponían normalmente para trabajar con exactitud.
- Ah…qué aburrido me resulta- dijo Yubah, acercándose al caldero con desdén. Su maestro le observaba con una sonrisa.- ¡Ojalá no tuviese corazón!- resopló, y se sentó pesadamente en el taburete de siempre, pues era su sitio preferido para contar frente al caldero.
- No seas tan duro contigo mismo- bromeó Gäuk-, y agradece el privilegio de poder adquirir el conocimiento de tan bello arte.- Se sentía satisfecho de poder disciplinar a alguien como le hubiera gustado que hicieran con él en otro tiempo. Pero no fue así.
- Tan bello arte…¡y tanto tiempo perdido contando!- refunfuñó.
- Sí, cierto. Pero administrar tu tiempo no te servirá de nada si no puedes controlar su propio contenido, Yubah - le dijo ceñudo.- Cuando comprendas que ése contenido es el que da sentido al tiempo que has empleado entonces podrás ayudarte de los relojes de agua- y señaló con la barbilla el gran estante donde reposaban una cincuentena de relojes, todos ellos bien distintos. Se acercó a husmear el caldero.
- ¿Y bien?
- Creo que llego a los doscientos dentro de ocho latidos.- Le costaba trabajo contar y conversar a la vez. Gäuk lo hacía para acostumbrarle a dominar las cuentas sin distracción. – Y sí que sé administrar mi tiempo, maestro.- soltó ofendido y observando las llamas, concentrándose de nuevo. Se había pasado los últimos siete meses haciendo de reloj humano para aquel anciano calculador.
- Pero no sabes controlarlo.- Y lo dejó ahí, mirando las llamas que lamían el caldero. Se dirigió a la ventana y cerró los pórticos con cuidado. Luego agarró un libro y se sentó cómodamente a hojear sus páginas. Yubah terminaba de contar.
Cuando terminó agarró una pieza de saco que tenía a sus pies y sacó el caldero del fuego. El olor nauseabundo que emanaba del preparado hizo que ladease la cabeza y se tapara la nariz. Dejó la olla en el centro de la mesa y se alejó con cara de molestia. Ahora llegaba el momento de lo que más detestaba: practicar con ese potaje. Odiaba su rutina, perdía la paciencia y odiaba más aún tener que depender de las enseñanzas del anciano, puesto que él siempre se las tuvo que arreglar solo cuando su hermana Mery y él se quedaban sin nada de comer. Pero llegaría el día en que no necesitara aprender del viejo, ni tampoco usar los relojes de agua. Llegaría el día en que hasta le sobrasen los latidos de su corazón.
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Ruth.
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viernes, 24 de octubre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
La chica de la L1...
Hola, tras leer un breve relato escrito en uno de los comentarios, por alguien "Anónimo", he decidido crear una nueva Etiqueta de "Relatos" donde iré poniendo los relatos que me parezcan curiosos o interesantes. No me atrevo a asegurar quién ha escrito el relato... si se "manifiesta" le pongo su nombre. Ala! A disfrutarlo quien quiera. Sé que tengo pendiente explicaros el finde, pero ya lo haré.
PRIMER RELATO: "Respiraciones coincidentes"
(título provisional por Jose)
El otro dia en un vagon de la linea 1 del metro me concentré en una chica de pelo corto que iba junto a la puerta y que no dejaba de mirarme, me acerqué un poco y comencé a mirarla yo también, aunque procurando que mi mirada no resultara tan impertinente como la suya.
Entonces me di cuenta de que la chica respiraba. Ya sé que todo el mundo respira, no es eso, lo que quiero decir es que vi su respiración, como si la hubieran coloreado para distinguirla del resto de la atmósfera. Advertí que también mi respiración se diferenciaba del resto del aire y que ella podía verla como yo la suya. Entendí por qué había empezado a mirarme con esa intensidad.
Entonces, aunque estábamos como a medio metro de distancia y había una cabeza oscilante entre los dos, nuestras respiraciones empezaron a jugar, quiero decir que se encontraban a medio camino y luego iban de su boca a la mía ejecutando formas que nos hundían en el delirio y nadie más que ella y yo nos dábamos cuenta, y era como hacer el amor, como follar quiero decir en medio de todo el mundo.
Desde entonces, coincidíamos sin hablar todos los días en la estación de metro y nos hacíamos la línea 1 entera sin parar de follar, con perdón, ya digo, con nuestros alientos.
Anónimo.
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